Sylvie R. Moulin
Profesora, traductora y escritora. Doctorado en Estudios Ibéricos e Iberoamericanos, Master en Civilización Latinoamericana y Master en Literatura Comparada, Universidad de Paris IV-Sorbonne. Docente por 12 años en Estados
Unidos. Autora de varios libros de crónicas y cuentos.
En general, se presenta la democracia como un ideal político, pero podemos observar que está cruzando crisis en múltiples partes del mundo, junto con una subida de los regímenes autoritarios. ¿Qué debemos ver en esto? ¿Una amenaza de desaparición o los indicios de una evolución necesaria?
Desde siempre nos enseñaron que la democracia es una forma de gobierno en la cual el poder pertenece al pueblo. También que la participación ciudadana constituye uno de sus pilares esenciales. Pero ese pueblo, ¿cómo participa para ejercer su poder? ¿En qué consiste su contribución al funcionamiento de su país? Un error común es asumir que se limita al acto de votar, es decir confundir participación ciudadana y participación electoral, cuando en realidad implica una intervención activa y responsable más amplia. La democracia se refiere a todo lo que nos permite formular nuestra opinión, participar en los proyectos de reformas o expresarnos sobre temas controversiales, para tomar en consideración la diversidad de las opiniones expresadas. A esto se refería Abraham Lincoln cuando declaraba que “la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Es un derecho y un deber cívico, porque tiene una influencia no solo en la elección de sus dirigentes, sino en el desarrollo de la sociedad: firmar una petición, escribir a una revista o un periódico para expresar su opinión, asistir a una junta o marchar en una protesta, también son ejemplos de participación “política”.
Editorial
Una de las razones de la disminución de interés que manifiestan los ciudadanos es, sin duda, el cansancio que sienten al observar que los representantes electos ya no reflejan sus ideales. Como consecuencia, convencidos de que su votación no cambiará nada, se desinteresan de la política. Pasa lo mismo cuando se trata de participar en organizaciones o actividades locales. Cualquier tipo de participación requiere tiempo, energía y entusiasmo – elección de un diputado o presidente, pero también colaboración en la junta de vecinos de su barrio. Ese cansancio general y el desaliento que genera, debilitan la cultura democrática, y una democracia sin participación de los ciudadanos pierde su dinamismo.
De la misma manera, los medias concentrados en las manos de una minoría, incluyendo las fake news que hacen circular y las invenciones producidas por la IA, modelan la opinión y manipulan la expresión pública. Un montaje de foto o de video, completamente simulado por definición y lanzado en las redes sociales, puede destruir en un par de días la credibilidad y la respetabilidad de una persona, sea cual sea su posición social y/o política. Eso produce una duda permanente en lo concerniente a las noticias que se difunden y por lo tanto un desánimo creciente de los ciudadanos cuando les toca participar de una manera u otra.
También debemos considerar el rol de la educación en su sentido más amplio. Cuando se habla de educación, en general se alude a la formación escolar, pero ahora me refiero a la educación que se aporta al niño desde su nacimiento, todo lo que recibe de su entorno familiar y del grupo social en el cual crece. Esa educación es lo que permite transformar “el pequeño de ser humano” en “pequeño ser humano”, según la expresión de Philippe Meirieu.
Una abeja o una hormiga nacen monárquica, no tienen que elegir un sistema político o un dirigente, ni opinar sobre el funcionamiento de un grupo. Para el ser humano, es un poco más complejo, porque tener el derecho (y el deber) de elegir nos obliga a pensar, evaluar, opinar, y también de reaccionar si no estamos de acuerdo. La elección de un sistema político o de un representante de ese sistema no es el resultado de un juego de lotería (aunque a veces, podríamos preguntarnos…). En otras palabras, es necesario enseñar desde un principio, sean cuales sean las circunstancias de formación de la persona, como dejar la pulsión (tengo ganas-quiero-obtengo) para aprender a desarrollar el deseo y logra la meta (tengo ganas-aprendo a esperar para obtener), dejar de actuar como el niño que se tira al suelo gritando en un supermercado para que su madre le compre dulces, salir del antojo y reflexionar.
En varias exposiciones, Meirieu se refiere también a Janusz Korczak, pediatra y pedagogo polaco y judío, quien murió en agosto de 1942 gasificado en el campo de exterminación de Treblinka, junto a los niños del orfanato que había fundado en Varsovia. En ese orfanato, Korczak había inventado a un sistema muy ingenioso para que los niños, en general muy violentos, puedan comunicar y resolver sus conflictos sin pelear. Había instalado por eso un sistema de buzón de correos, para que cada niño o adolescente pueda pelear a su gusto, pero con una sola condición: avisar por escrito y con 24h de anticipación al otro involucrado en el conflicto, explicándole punto por punto los motivos de la pelea. Estableció también un tribunal de niños en el cual unos de los que no estaban entre los “belicosos” iban a debatir con los implicados. ¿Qué obtuvo Korczak con eso? Una disminución considerable de las riñas: en 24 horas, tenían tiempo de reflexionar, de evaluar los aspectos reales del conflicto, de conversar con la otra persona, y en la mayoría de los casos se daban cuenta que era innecesario pelear.
Este sistema, que puede hacer sonreír al lector, es en realidad bastante brillante, no solo para los jóvenes conflictivos, sino para el ciudadano común y corriente. La falta de reflexión, de tiempo dedicado a la evaluación de los pro y los contra en las situaciones delicadas, es uno de los factores claves de la crisis profunda que cruza la democracia, crisis que exige una transformación para adaptarse a una modificación de los contextos. Es necesario recuperar la confianza, porque se desmoronó la diversidad de la información, la capacidad de comunicar por medio del diálogo y la relación entre gobernantes y gobernados (promesas no respetadas, escándalos políticos, poder regido por intereses personales, etc.).
El sentimiento de impotencia y de cansancio democrático es el resultado de una erosión lenta, más que de una crisis brutal como se entiende a menudo, por lo tanto, no significa una agonía sin recuperación. Anuncia más bien una evolución que requiere la búsqueda de nuevas formas de expresión y de participación. La democracia sobrevivirá, igual que la Tierra como planeta, pero tendrá que enfrentar desafíos fuertes y transformaciones a los cuales la humanidad tendrá que adaptarse buscando alternativas. ¿Vale la pena consagrar nuestros esfuerzos al objetivo? Yo creo que sí.