Anna Bou Jorba: «Me interesa el lenguaje sin barroquismo ni hermetismos»

Tus versos sugieren que la poesía no es un lujo, sino una forma radical de mirar el mundo. En un siglo XXI marcado por la velocidad, la sobreinformación y la crisis ecológica, ¿qué lugar crees que ocupa hoy la poesía? ¿Puede aún conmover o transformar?

La poesía es un artículo de primera necesidad, como el pan.  De hecho, propongo que los libros de poemas se vendan en las panaderías, sería maravilloso. Imagínate que, entre las hallullas, las marraquetas o los panets, que es un típico pan catalán, se vendieran libros de poemas, y que los versos de los grandes poetas de todos los tiempos olieran a pan recién hecho. Se multiplicarían las ventas de los libros, incluso de los panes, sería como un milagro moderno de panes y libros. La poesía, así como el arte en general, no debería intentar explicar el mundo, ni siquiera entenderlo (tampoco se deja), sino aceptarlo con toda su ambigüedad y sinsentido. Para mí, la poesía es la manera más bella y honesta de aceptar y celebrar la vulnerabilidad humana, nuestra finitud, puesto que esto se acaba, y hay que aprovechar el regalo envenenado que es vivir. Así pues, cuanto más difícil lo pone el mundo, más necesaria se vuelve la poesía. Actualmente, la estupidez, arropada por las fake news, va más rápido que la misma velocidad de la luz. El mundo va más rápido que el mundo, siempre llegaremos tarde. Este ritmo es inaguantable. Y la poesía es una forma de entender o dar sentido a este sinsentido que nos rodea, y disfrutarlo. La poesía está en los detalles, en las cosas pequeñas. Cuesta más construir un gesto que un imperio. Imperios, ha habido muchos, pero gestos, no tantos, deberíamos dar la vida por ellos. Cae el último rayo de luz en una copa de cerveza, por ejemplo, y se ilumina la copa y resplandece dorada, un santo grial, y durante los tres segundos del último sorbo de oro, te sientes inmortal. Siempre que puedo, voy con la copa de cerveza en la mano intentando beberme el último rayo de sol. Esto es poesía, celebración de vida efímera. Unos pocos segundos sirven para toda una vida. Así pues, la poesía lo inunda todo, pero estamos tan ocupados que, a menudo, la vida nos tapa la vida, aunque siempre hay una vista que nos espera. Y un poema no es la vista en sí, es la ventana que nos ofrece esta vista.

Anna Bou Jorba
Anna Bou Jorba

«Vivir poéticamente”

Has dicho que no solo querías ser poeta, sino vivir como un poema. ¿Qué significa para ti vivir poéticamente en tiempos que parecen más inclinados a la técnica que a la contemplación? ¿Cómo resistes lo utilitario desde tu lenguaje?

“Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema”, escribió el poeta catalán Jaime Gil de Biedma, y me parece la más grande aspiración poética. Creo que así es como vivió Neruda. Entré a leer a Neruda, más que por la puerta de entrada a sus poemas, por la de sus casas. Cuando te adentras en la casa de Isla Negra, la Chascona, o la Sebastiana, te encuentras a un poeta que vive poéticamente, pues no tan sólo escribe poesía: la vive, la absorbe, la bebe y hasta se la come, tratándose de Neruda… Y esta pasión se contagia. Cuando caminas por su casa de Isla Negra hay que ir con cuidado de no pisar las metáforas que atan y sobrevuelan, todavía, los objetos. Neruda es puro poeta material, como él mismo confiesa en los versos “Perdón si cuando quiero contar mi vida, es tierra lo que cuento.”

Los tiempos actuales y tecnológicos no impiden la poesía. “Hay que ser absolutamente moderno”, tal como apuntaba Rimbaud. Que entren los neones, los tubos de escape, los clubs nocturnos, las ciencias, dentro de la poesía. La tecnología amplía la mirada, aporta nuevos conocimientos y lenguaje. Bienvenido el lenguaje de los científicos, de los astrónomos, de los físicos, de la técnica, de los músicos, las conversaciones callejeras; la poesía no tiene que hablar un lenguaje distinto al del mundo en que vive, ni idealizante ni postizamente elevado para parecer más poético (personalmente me parece un error, además de un soberano bostezo). Miroslav Holub, además de inmunólogo checo, era poeta, un excelente poeta que introducía palabras científicas en sus poemas, hecho que aumentaba el volumen y la sorpresa y la ironía de los mismos. Bienvenido el baile entre poesía y técnica. Lo que critico del mundo actual es su aceleración, la falta de tiempo: tiempo para leer; tiempo para escuchar; tiempo para regalar; tiempo para contemplar; tiempo para perder el tiempo; tiempo para el más tedioso aburrimiento que es, normalmente, una disposición que activa la creatividad.

Respecto a mi lenguaje: me interesa el lenguaje sin barroquismos ni hermetismos, y huyo de los versos que, a base de tomar anabolizantes gramaticales o conceptuales, pretenden “sonar poéticos”. Ni yo ni mis poemas vamos al gimnasio.         

«Poemas que se tocan»

Tu poesía es muy visual, casi táctil, nacida de la observación material del mundo. ¿Cómo influye tu formación como diseñadora en tu escritura? ¿Cómo dialogan en ti la imagen, el cuerpo y la palabra?

Joseph Brodsky, excelente poeta ruso, premio Nobel de Literatura, decía que sus poemas nacían de la música. A los poetas conceptuales la idea poética les surge, normalmente, de un pensamiento. Mis poemas siempre nacen de un detalle, no a partir de una música, ni de un concepto, ni del lenguaje, sino de un detalle, normalmente plástico: una luz, una mano, una estalactita, un vagón de tren, una media de seda, la silueta de una persona que se aleja…. algo que veo y asocio con otro detalle, o gesto, o -ahora sí-, idea, y se trenzan.

Mi poesía es muy visual, sin duda tiene que ver con el hecho de que soy diseñadora de interiores. De mi época de estudiante recuerdo con cariño un profesor, un arquitecto que, en una de las clases, comentó que, en mis proyectos, yo explicaba historias. Es de las cosas más deliciosas que me han dicho: crear argumentos espaciales. Era cierto, para dibujar croquis necesitaba inventar una narrativa que los atase. Y muchos años más tarde, un poeta escribió una reseña sobre mi tercer libro comentando que, en mis poemas, describía espacios. Encantadoramente capicúa: arquitecto que ve narraciones en mis diseños, y poeta que ve volúmenes en mis poemas.

Y así es, soy muy de detalle, material, para mí es tan importante un paisaje sublime como una perra. Escribí un poema, Palas, dedicado a una perra que teníamos en mi casa, perra con la oreja torcida. ¿Qué tenía que envidiar mi perra tuerta de oreja a una montaña altísima, a un ochomil, por ejemplo? Nada. Su defecto perruno marcaba la diferencia y aumentaba el cariño. Si fuésemos perfectos, el mundo sería muy, muy aburrido. Defiendo la imperfección, y también el error. Imad Abu Saleh es un poeta egipcio que ha escrito el magnífico Elogio del error, libro que contiene versos tan fabulosos como: «Los errores no son piedras que nos cierran el paso, nos molestan para que caminemos poco a poco, para que pensemos mejor, velas que iluminan los caminos, para que no nos precipitemos como toros al abismo». Más que versos, son una forma moral de existencia, así pues, bienvenida la imperfección y cierto margen de error.

Tal como decía, mis versos salen de una imagen, de cosas que se pueden ver, tocar, oler, y evidentemente de los cuerpos. Hay que escuchar a los cuerpos. Nuestros cuerpos hablan un lenguaje primitivo anterior a nuestro lenguaje, saben palabras que nosotros desconocemos. Mientras tocamos, acariciamos, olemos, pensamos, amamos, hay que escuchar a nuestros cuerpos.

«El detalle como universo»

Muchos de tus poemas nacen de detalles mínimos: una oreja torcida, una carrera en las medias, una luz entre dos muros. ¿Qué hay en los fragmentos, en lo casi invisible, que te permite escribir sobre lo inmenso?

Tengo una especial predilección por los poetas polacos, el siglo XX dio la mejor poesía en Polonia. Especialmente amo a Wyslawa Szymborska, premio Nobel de Literatura y gran lectora de Joseph Brodsky, anteriormente mencionado y que, a su vez, era un gran lector de Szymborska. La poeta polaca tiene un poemario que se llama Paisaje con grano de arena y este título es, en el fondo, es un ars poética, como las casas de Neruda.

Paisaje con grano de arena. Si moviésemos el grano de arena, el paisaje sería otro. Hay que saber mirar lo grande a través de lo pequeño y de lo que no se ve, porque también está. «Sí» y «no» son granos de arena en los diccionarios, que cada vez contienen más palabras. Palabras pequeñitas, monosílabos, pero ¿cómo cambia una vida, una conversación, un amor, si decimos sí, o no? Atención a lo pequeño. ¿Quién ha dicho que lo pequeño, que lo poco importante, es menos importante que algo muy, muy importante? ¿Muy importante para quién? ¿Por qué? ¿A qué hora del día?

La inmensidad está en lo pequeño, en una huella, en una nuca, en un monosílabo no más grande que una mosca. El botón de un gesto. Tal como decía Friedrich Nietzsche (filósofo- poeta que, aunque matase a Dios, va a misa, todo lo que escribe Nietzsche va a la misa de los poetas) en Humano, demasiado humano: “Uno tiene que ser tan cercano a flores, hierbas y mariposas como un niño, que no alcanza mucho más que ellas. Los mayores, por contra, hemos ido mucho más lejos y nos es forzoso descender desde nuestra altivez. Yo creo que las hierbas nos odian cuando proclamamos nuestro amor por ellas. Quien quiera tener parte en todo lo bueno, tiene que saber también cómo ser pequeño a ratos.”

Saber ser pequeños a ratos, sí, ser esos granos de arena que contienen el paisaje, del mismo modo que un punto final contiene el texto que culmina.

«Mirar el mundo desde muchos mundos»

Has escrito desde Marruecos, Barcelona, Chile. ¿Cómo se transforma tu mirada poética cuando cambias de geografía? ¿Hay algo que los viajes enseñan sobre lo universal de la experiencia humana, o sobre su radical diferencia?

Viajar cambia el punto de vista, es como si el ojo del mundo te mirase de lejos, y te das cuenta de que, lo que es realmente pequeño, eres tú. He tenido la suerte de visitar muchos y distintos lugares, y realmente, lo que más me interesa es la diferencia. Vitalmente, la diferencia amplía mi mirada y mi alegría, y estéticamente me ofrece una multitud de contrastes que, al funcionar por asociación de ideas, y con un poco de suerte, terminarán, tarde o temprano, siendo un poema.

Soy de Barcelona, ciudad maravillosa, muy atractiva, con una arquitectura riquísima. Mi ciudad, sin duda, me ha formado. A la pregunta de cuál es uno de mis poetas o libros favoritos, respondo: las fachadas. Las fachadas, los edificios, la Rambla, los rincones. Se lee con la vista, también, y Barcelona me ha ofrecido unas lecturas excitantes. Mediterránea, pero me fascina el mundo oriental, con un cariño especial por Marrakech. A consecuencia de la pandemia, Marruecos tardó dos años en abrir fronteras; la información, a cuentagotas, del Gobierno marroquí y la inseguridad sanitaria a nivel global generaban muchas dudas para entrar al país, pero viajé a la mínima que pude. Viví un par de meses siendo la única persona extranjera en toda Marrakech. No había nadie, nadie más. Pasear por la medina absolutamente sola mientras leía la luz de Marrakech en las paredes, fue una experiencia inolvidable. Por la mañana, la luz se levantaba como una cantante de ópera, estallaban sus dos de pecho luminosos por las paredes rosadas. A medida que avanzaba el día, la luz iba bajando, como si se cansara de ser tan diva, hasta que al final se alargaba y entraba por los callejones del zoco, oblicuamente, hasta que encontrara una puerta medio abierta, se colaba dentro de la casa de adobe y, cuando oscurecía, se iba a dormir a la azotea. Hasta la mañana siguiente.

Con mi pareja, Ricardo Espinoza Lolas, filósofo y escritor, vivimos entre Chile, Polignano a Mare (un precioso rincón de la Puglia, Italia) y Barcelona. Chile, este país larguísimo como un verso, me ofrece una vasta geografía territorial, y, sobre todo, poética, no quiero dejar de viajar a ninguno de sus poetas, travesía larga, puesto que la poesía chilena es riquísima. En cuanto a los paisajes, me sedujo especialmente el desierto de Atacama, de hecho, estoy escribiendo un libro de poemas que así se llamará, “Atacama”, pero me hechizó totalmente Chiloé. Me fascinan sus mareas y sus barcas solitarias, cuando quedan pensativas en la arena, como si hubieran perdido la llave que abre el mar, y no saben cómo entrar a casa. Estoy convencida de que son expertas en poesía chilena, de que cada barca sabe recitar su poema favorito de memoria, y cuando la marea baja (a causa de la melancolía, seguramente) escriben, con la quilla, versos en la arena. Tengo muchísimas ganas de volver a Chiloé, me quedó una conversación pendiente con las barcas solitarias, con los pájaros, y con los brujos.

Poeta, diseñadora y escritora catalana. Autora de “Aferrar-se al vent amb les dents”, “El cirurgià de màscares”, “Acadèmia d’idiomes invisibles” y “L’última mohicana”.

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