EDITORIAL N°77

LAS UNIVERSIDADES ¿TODAVÍA ESPACIOS PARA PENSAR?

Por Sylvie R. Moulin*

Podríamos iniciar esta reflexión como si fuera un cuento: “Érase una vez un mundo donde los estudiantes sabían por qué estudiaban y los profesores por qué enseñaban.” O su variante: “Érase una vez un mundo donde los estudiantes estaban felices de aprender y los profesores felices de enseñar.” Sin embargo… es una declaración que escucho con frecuencia, sobre todo en la boca de profesores que miran con nostalgia a los años de su propia formación y consideran que su experiencia pedagógica acaba siendo una frustración, o por lo menos no responde a sus esperanzas de juventud. Un poco como el famoso “ya no es lo que solía ser” que florece en las bocas maduras a cada momento al contemplar los cambios del mundo que les rodea. Pero no es tan simple.

Si observamos la evolución de las universidades desde la Antigüedad, consistían originalmente en centros de sabiduría donde se estudiaba la filosofía, la retórica, las matemáticas e incluso la medicina y la astronomía (por ejemplo, la Academia fundada por Platón en Atenas, o el Pandidakterion de Constantinopla, fundado el 425). Es principalmente en la Edad Media que aparece el concepto de “universidad”, primero en forma de corporaciones de maestros y alumnos, luego de instituciones que derivaban de las escuelas monásticas. La estructura ya se basaba en facultades tales como las conocemos ahora, y la enseñanza en la lectura, el comentario de textos y el debate.

Después de difundirse rápidamente en Europa, llegaron a América a fines del siglo XVI. Las primeras en Chile fueron la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino (1622-1747) y la Universidad de San Felipe, fundada en 1738 y renombrada ulteriormente Universidad de Chile. Tenemos ahora 55 universidades, 29 “tradicionales” y 26 privadas, que exigen solamente para la inscripción, en la mayoría de los casos, que los estudiantes hayan rendido la PAES y que presenten la concentración de notas de Enseñanza Media.

En un mundo no solo en cambio continuo, sino en una evolución cada vez más rápida, los desafíos de las universidades se modifican permanentemente y deben adaptarse al entorno para satisfacer las necesidades de sus usuarios. Docentes y estudiantes tienen también que adaptarse, sacrificando a veces, en el caso de los profesores, las motivaciones originales que los llevaron a su puesto. Ahora bien, si nos preguntamos de qué sirven las universidades y si todavía son lugares para pensar, es porque los efectos de esa evolución a veces llegan a preocupar. ¿Cuál es su rol y cuál es su meta? Y a pesar de su papel multifacético, ¿seguirán siendo centros de investigación y de creación de conocimiento en los cuales se forman profesionales y agentes de cambio social?

Entonces decidí interrogar a ChatGPT, aplicación de inteligencia artificial utilizada sobre todo por estudiantes y profesores, pero también elemento de preocupación latente por muchos docentes. Le pregunté simplemente: “¿Las universidades todavía sirven para pensar?”, y comparto aquí su respuesta, tal cual, sin recorte ni elaboración adicional.

La pregunta es provocadora y apunta a una reflexión crítica sobre el papel actual de las universidades.

Interpretaciones posibles:

  1. Crítica al utilitarismo educativo: Se podría estar sugiriendo que las universidades han dejado de ser espacios de pensamiento crítico y reflexión profunda, y se han convertido en centros de formación técnica o profesional, orientados más al mercado laboral que a la formación intelectual integral.
  2. Desconfianza en la autonomía intelectual: También puede aludir a una posible falta de libertad académica, donde el pensamiento libre se ve limitado por ideologías dominantes, intereses económicos o políticos.
  3. Defensa del ideal universitario: Alternativamente, la pregunta podría ser una llamada de atención para reivindicar el papel original de la universidad como espacio de pensamiento, debate, creación y cuestionamiento, más allá de su función técnica o económica.

Luego ChatGPT ofrece 3 “respuestas” posibles – ya que la IA tampoco puede comprometerse, hacer un juicio de valor ni decidir por su usuario -, según la perspectiva que uno adopta:

  • “Sí, todavía son para pensar, pero deben defender activamente ese papel frente a presiones externas.
  • No del todo, porque muchas se han subordinado a intereses económicos, rankings y empleabilidad.
  • Depende del lugar y de la institución, ya que hay universidades que aún cultivan el pensamiento crítico y otras que no.”

Bien. Al parecer, con eso no avanzamos. Sin embargo, avanzamos mucho, y esas líneas “robóticas” aclaran mi duda inicial, demostrando los límites de la IA o “Deep Learning”: en respuesta a una consulta tal como la hice, puede exponer opciones, pero no puede sacar conclusiones ni tomar decisiones, dejando un espacio al pensamiento.

Para la corriente pedagógica definida como “utilitarismo educativo”, la educación se define en términos funcionales o instrumentales y su propósito es permitir a sus beneficiarios que obtengan beneficios prácticos y económicos. Este enfoque deja por supuesto de lado las disciplinas artísticas, la filosofía, la literatura, la sociología o la historia y privilegia las finanzas, la ingeniería o la informática, en extensión constante en los campus. Como riesgo, permitirá formar a profesionales que serán capaces de hacer cosas sin preguntar por qué y se adaptarán al mercado en el cual funcionan sin ser capaces ni querer cuestionarlo. Eso podría ser una de las razones por la cual los porcentajes de participantes en las elecciones están bajando dramáticamente en ciertos países… pero es otro tema. Además, esas disciplinas utilitarias dejan de lado la ética y la creatividad, haciendo perder a la educación su valor humanista, y por lo tanto, a más o menos largo plazo afectarán los valores democráticos y laicos de nuestra sociedad.

Noté recién, a la entrada de la Universidad Autónoma de Chile, un panel con ese lema: «Una universidad que investiga necesita estudiantes que pregunten ¿Por qué?” Y esto me levantó el ánimo porque abre perspectivas hacia el futuro. Una “casa de estudios”, a pesar de las modificaciones en sus métodos y recursos, sigue siendo un lugar que permite a uno desarrollar la libertad intelectual. Me atrevo a pensar que es su rol esencial, porque limitándose a la entrega de conocimientos, sin ayudar al discente a cuestionar lo dado ni a formarse un juicio propio, no tendría ninguna razón de existir. Las universidades son esenciales al funcionamiento correcto de la democracia, nos evitan de caer en el dogmatismo y la resignación. Deben permanecer como lugar de desarrollo del ser humano, de transmisión del conocimiento, de estimulación del pensamiento crítico y de la búsqueda de sentido, para que el estudiante se convierta en un sujeto de transformación social.

Profesora, traductora y escritora. Doctorado en Estudios Ibéricos e Iberoamericanos, Master en Civilización Latinoamericana y Master en Literatura Comparada, Universidad de Paris IV-Sorbonne. Docente por 12 años en Estados Unidos. Autora de varios libros de crónicas y cuentos.

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