Editorial – Religiosidad y fe en el siglo XXI

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¿Qué está pasando con la fe? ¿Y qué está pasando con las religiones? Por un lado, menos practicantes tradicionales, por otro, grupos crecientes de fanáticos que llegan a extremos, que dan dando escalofríos. Los filósofos del Siglo de las Luces, que no se identificaban con el ateísmo, sino que con el deísmo, habían apostado por un término de las religiones en favor de la razón. ¡Sería interesante verlos presenciar el panorama actual, muy alejado de sus pronósticos!

En realidad, las religiones han estado en declive en todo el mundo, tanto por desilusión de los fieles, como por los actos de violencia y terrorismo cometidas en nombre de alguna fe, o los escándalos sexuales que han implicado a dirigentes religiosos, sobre todo en Europa y América del Norte, donde una parte creciente de la población se declara ahora “sin religión”. Pero en las últimas décadas, asistimos a la vuelta dinámica de grupos intransigentes como el islamismo y el evangelismo. El lugar común del discurso intelectual, “El siglo XXI será religioso o no será”, que fue a menudo – y erróneamente – atribuido a Andrés Malraux, indica una preocupación seria por el futuro de nuestra civilización.

Inicialmente, la fe es algo que se puede “encontrar” fácilmente, por ejemplo, para un niño inocente que no capta todavía las brutalidades del mundo que lo rodea, para alguien que tiene una experiencia que calificaría de “mística” en un contexto natural, o para alguien que se salva milagrosamente – por decirlo así – de una muerte casi segura. También se puede perder, por desilusión, por un golpe fuerte que nos hace sentir abandonado, o por rabia. Perder la fe es a menudo dejar de crear en un ser superior que buscamos y no nos ofreció su ayuda o el soporte pedido en caso de crisis.

El sectarismo mismo de la religión puede hacer perder la fe. Crecí en una familia vagamente creyente por tradición heredada de generación en generación, pero definidamente laica y opuesta a cualquier fanatismo o discurso abusivo. Y por tradición, más que convicción, asistí a clases de catecismo. Cuando tenía diez años, tuve mi primer síntoma de pérdida de fe – todavía no conocía la palabra “ateísmo” – en una clase dictada por una hermana que nos aterrorizaba tanto por su aspecto físico como por su intransigencia. Tuvimos ese día que escribir en un papelito si habíamos asistido a misa para la Pascua o no, y poner el papel en un sobre que la hermana cerró con el peso de nuestra conciencia adentro. Terminó la clase, y una amiga mía, avergonzada, se acercó a ella y le confesó que había mentido, que había pasado el día en el campo con sus primos en vez de ir a misa. El furor de la religiosa, sus amenazas de todos los santos del paraíso y las lágrimas de mi amiga me trastornaron a tal punto que empecé a tener mis primeras dudas sobre las enseñanzas que recibíamos ahí cada semana: ¿Cómo ese dios que nos describían con imagen de paz y amor podía permitir los gritos de la malvada histérica y los sollozos de mi compañera? ¿Cómo podía admitir tanto sectarismo, tanta crueldad en nombre suyo?

Una anécdota como ésta no es un caso aislado, ni mucho menos. A veces son experiencias trágicas que sacuden una familia, un grupo humano, un país en guerra o tratando de sobrevivir una tragedia meteorológica, a veces basta con un evento diminuto, como el miedo y la desesperanza de una niña por una mentira que, al fin y al cabo, no había perjudicado a nadie. Es difícil dar marcha atrás una vez que la duda se ha instalado, una vez que “se ha perdido la fe”, quizás ni siquiera es deseable: construir fundamentos sólidos en un terreno movedizo es peligroso, lleva a desastres y ruinas.

Si consideramos el panorama global, la fe nos ofrece a menudo un bosquejo bien atractivo, ya que nos anuncia que vamos a resucitar, por lo tanto, no morir, que además, en esa suerte de resurrección nos reencontraremos con nuestros seres queridos y, sobre todo, que podemos esperar ser amados eternamente. ¿A quién no le seduciría este programa que nos repiten desde el primer año de educación religioso y corresponde a nuestros sueños más inconmensurables? Pero las decepciones frente a las crueldades de la vida real tienen un poder terrible, llevando a veces los que las experimentan a la depresión e incluso al suicidio. Cuando no encontramos en terreno, la vida que nos anunciaron, buscamos una suerte de subterfugio que, por lo prometido, encontraremos después de la muerte. Eso es lo que definiría, a riesgo de hacerme algunos enemigos en el camino, como facilismo (André Comte-Sponville va hasta hablar de “cobardía”), ya que sometemos nuestra búsqueda de felicidad, y a la vez nuestro concepto de verdad, a un discurso listo que ni siquiera nos molestamos en interrogar o debatir.

La evolución actual es bastante interesante. En Europa, numerosas iglesias y capillas abandonadas por sus fieles fueron desacralizadas y recicladas en otros lugares útiles. La experiencia empezó en el siglo XX en Inglaterra y en los Países-Bajos y se desarrolló ahora en Francia: la reducción considerable de la cuantía de practicantes… ¡y de curas! resultó en una deserción progresiva de edificios que son, en general, piezas de arquitectura preciosas, pero al mismo tiempo demasiado costosas para sus comunas y diócesis. Algunos aplauden por la salvación del patrimonio, otros ponen el grito en el cielo frente a tal sacrilegio. Sin embargo, hay que reconocer que, en vez de caer en ruinas y estar invadidas de zarza, ofrecen ahora bibliotecas municipales, restaurantes e incluso hoteles de lujo. Como anécdota, el único proyecto que fue rechazado fue la instalación de un Kentucky Fried Chicken en el departamento de Meurthe-et-Moselle. ¡Tampoco es para pasarse!

El futuro, por preocupante que parezca, tampoco es muy claro. Leía hace poco en Cairn.info[1] un artículo titulado Los nuevos movimientos religiosos y la cosmología (Bernoit Carniaux, 2009), según el cual: “Que sea rechazado, promovido o relativizado, el mundo y el cortejo de representaciones que lo rodea constituye siempre una interfaz activa entre lo divino y lo humano. Los nuevos movimientos religiosos representan quizás una adaptación última de la religión a las nuevas condiciones socioculturales producidas por la cientificidad occidental, ya que incorporan la mayoría de los progresos promovidos y racionalizados en la esfera secular. Por contraste con el cuadro antiguo de las certidumbres, la situación moderna genera una sociedad con creencias inseguras, ocasionalmente marcada por construcciones y afirmaciones religiosas que, más allá de las apariencias, permanecen precarias.”

¿Qué podemos esperar de este siglo? Difícil emitir una proyección clara, ya que siguen creciendo dos caminos cuya compatibilidad es completamente imposible. Solo podemos esperar que la pérdida de fe no lleve a una pérdida de conceptos y valores, o que el crecimiento de las religiones extremistas no haga aumentar el sectarismo violento que las caracterizan. Y que la predicción de Michel Houellebecq[2] (Sumisión, 2015), no fuera más que un toque de su mejor humor negro y se quede en los estantes de ficción política. 


[1] Carin.info es una página fundada por varios editoriales y la Biblioteca nacional de Francia para distribuir publicaciones de ciencias humanas francófonas.

[2] Escritor francés contemporáneo. Esa novela plantea una segunda vuelta de las elecciones presidenciales en la cual se enfrentan una candidata de ultra derecha y un candidato de un partido ficticio de Fraternidad Musulmana, el cual terminará ganando.

Sylvie Moulin

Autora Artículo: Sylvie Moulin

Profesora, traductora y escritora. Doctorado en Estudios Ibéricos e Iberoamericanos y Master en Literatura Comparada, Universidad de Paris IV-Sorbonne. Docente por 12 años en Estados Unidos. Autora de varios libros de crónicas y cuentos.

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