Por Rubén Farías Chacón*

La idea principal de estas reflexiones es explorar el desafío que enfrenta la educación, en particular la universitaria, al intentar adaptarse y reaccionar frente a las rápidas y constantes transformaciones que afectan a la sociedad. Más que un repaso de la situación actual del ámbito educativo se trata de reflexionar sobre la importancia que este tiene en el desarrollo y futuro de las comunidades. Si bien la actualidad de este problema ha sido continua a lo largo de la historia, su impacto ha influido dependiendo de las particularidades culturales y contextuales de cada sociedad.
La universidad y su comunidad académica, conscientes de los riesgos derivados de las tensiones sociales que han emergido en diversas regiones del mundo y de sus posibles impactos, asumen la responsabilidad de intensificar el esfuerzo por promover una formación integral. Este enfoque educativo busca robustecer aún más a los futuros profesionales, preparándolos para entender mejor las contribuciones que cada campo del conocimiento puede brindarles. La meta principal es estimular el desarrollo del pensamiento crítico y potenciar las competencias necesarias para enfrentar, desde una base firme de principios éticos y morales, los retos actuales, sus perspectivas, las oportunidades disponibles y los desafíos desconocidos que pueda traer el futuro.
Sin embargo, es legítimo preguntarse, ¿es posible que la visión valórica de hoy “sirva” para enfrentar las vicisitudes del mañana?
El compromiso institucional no solo debe enfocarse en atender las necesidades del momento actual, sino también en impulsar la creación de conocimientos futuros y en establecer las bases relacionales que una nueva generación requiere para lograr un bienestar social equilibrado. En este contexto, los pilares actuales, diseñados para orientar la diversidad en las relaciones humanas, también deben adaptarse con miras a implementar políticas responsables, inclusivas, sostenibles y sustentables. Estas políticas deberían estar alineadas con una inspiradora visión de futuro, una perspectiva creativa y un auténtico compromiso con el entorno, tanto natural como cultural.
Aunque gran parte de lo señalado está aceptado en teoría, ¿realmente se manifiesta en la práctica? La crisis sociocultural expone las tensiones y desafíos que enfrenta la sociedad en cuanto a sus valores, su identidad y su cohesión. Ello evidencia las desigualdades que persisten, la fragilidad de algunas estructuras sociales y la imperiosa necesidad de ajustarse a un entorno en continuo cambio.
Este desafío resalta la necesidad de redefinir las prioridades colectivas y fomentar diálogos que permitan generar ideas adecuadas para enfrentar la complejidad del presente, garantizando que estas propuestas se traduzcan en acciones concretas y tangibles.
En este sentido, es recomendable:
- Fomentar el intercambio de ideas y la realización de estudios que promuevan una búsqueda constante de soluciones a los problemas que existen. En la iniciativa debieran participar todos aquellos interesados en compartir sus perspectivas y en escuchar con disposición a quienes tengan opiniones diferentes.
- Organizar la colaboración interdisciplinaria donde se promuevan encuentros orientados al análisis relacional de los problemas sectoriales. Para este caso, se trata de buscar e identificar las causas fundamentales de las crisis en los ámbitos y áreas complementarias involucradas. Además, debiera evaluarse las necesidades de la comunidad definiéndose compromisos y acciones concretas capaces de materializar los cambios que para estos efectos se propongan. Todo ello considerando el aporte propio de la universidad en términos de colaboración adicional a las políticas sectoriales de gobierno.
- Buscar el mayor nivel de consenso posible, reduciendo las diferencias y evitando que surjan divisiones. Para lograrlo, es fundamental fomentar una actitud crítica basada en la responsabilidad compartida.
Es relevante, pese a todo, recordar que la educación, y en particular la formación universitaria en sus distintos niveles no proporciona verdades absolutas ni soluciones definitivas. Lo que ofrece no son postulados únicos desvinculados del contexto histórico y cultural en el que se examinan, ni conclusiones inmutables, sino más bien un enfoque abierto a posibles cambios y adaptaciones que puedan surgir una vez concluido el proceso.
Aunque lo mencionado es válido, debe reconocerse que estas ideas se han implementado desde hace ya muchas décadas en el ámbito académico de las universidades. Los resultados, sin embargo, no siempre han sido positivos. Esto se debe en gran parte a las profundas desigualdades que han caracterizado y continúan caracterizando nuestra sociedad. El bienestar social, lejos de ser considerado un instrumento para armonizar la diversidad, ha sido visto como un elemento que la desequilibra, al poner en evidencia las diferencias entre quienes gozan de privilegios y quienes sufren la carencia de oportunidades.
Por otra parte, la realidad da cuenta de un constante deterioro en la calidad de las ideas y los contenidos que deberían sustentar y fortalecer los objetivos fundamentales del proceso de formación en cada una de sus etapas. Este hecho se ha manifestado durante décadas. Un ejemplo es el paulatino debilitamiento del pensamiento crítico, que va más allá de expresar opiniones o diseñar soluciones prácticas para ciertas circunstancias. Este tipo de pensamiento requiere una profundización intelectual más compleja. No obstante, su desarrollo no siempre se concreta, en especial cuando la atención se desvía hacia aspectos superficiales como la forma —es decir, cómo algo se presenta, expresa o representa— en lugar de concentrarse en el fondo, que alude a la esencia del contenido, su significado y las ideas fundamentales que sustentan sus argumentos.
Un aspecto que preocupa y que requiere mucha atención es el impacto adverso que surge al priorizar los intereses económicos por encima de las metas educativas, lo cual provoca diversos problemas. Además de perjudicar la calidad del proceso educativo, se ve comprometida la igualdad en el acceso a la formación. Este tipo de enfoques distorsiona la actividad esencial de la educación, que debe ser la piedra angular del desarrollo personal, social y creativo tanto para los individuos como para la sociedad en su conjunto.
La educación fortalece las capacidades individuales y dirige a cada persona hacia aquello en lo que se destaca y puede sobresalir. Es, en sí misma, la naturaleza principal del poder creativo, ya que impulsa las facultades personales y orienta la vida hacia lo que en verdad se es capaz de hacer y hacerlo bien. Pensar lo contrario, es decir, limitar estas potencialidades a fines productivos, implica alejarse del conocimiento, lo que conduce a la monotonía de tareas rutinarias que restringen el desarrollo de la inteligencia y la capacidad para encontrar respuestas y soluciones a los problemas. De ser así, se corre el riesgo de perpetuar la ignorancia.
Ahora bien, no debe desconocerse que, en la actualidad, las actividades productivas de gran extensión, aceptadas e intercambiadas son el resultado de los avances en ciencia, tecnología y de las capacidades de miles de personas que a través del tiempo han realizado labores de todo tipo enriqueciendo la calidad de lo producido. Tales conocimientos, en algún momento, fueron enseñados, aplicados y jugaron un papel clave en el desarrollo que hoy presenciamos.
Esto evidencia, por lo tanto, que el acto de trabajar y producir es una prioridad, en cuanto a que para su logro el primer “trabajo” fue el estudio de procedimientos y específicas aplicaciones que respondieron de manera constante a satisfacer las necesidades del progreso nacional. Su implementación, así como la participación de quienes poseen experiencia en estas funciones, ha sido y será indispensable. Además, es fundamental entender también que estas actividades están condicionadas por factores como los períodos de tiempo, la efectividad de la incorporación tecnológica, las posibilidades de transacción, los intercambios y los acuerdos políticos, los cuales siempre se pueden alcanzar con voluntad para hacer el bien y con buenas intenciones para que resulten bien.
Lo expuesto hasta ahora evidencia la realidad a la que se enfrenta la comunidad nacional, caracterizada por una gradual y cada vez más rechazada estratificación social que da lugar a desiguales estilos de vida. Esta brecha se hace efectiva entre quienes detentan el poder en áreas como la economía, la política, el ámbito empresarial, el nepotismo, la información, los medios de comunicación y una ciudadanía que advierte las posibles consecuencias de esta situación si no se logran consensos entre los distintos sectores en pugna.
En estos contextos sociales dinámicos, emergen diversas y activas relaciones de conocimiento, originadas en las múltiples perspectivas del mundo y sus variadas manifestaciones. Estas relaciones abordan los misterios de la existencia y los enigmas relacionados con la vida, el ser humano, su inteligencia, su entorno natural, su dimensión subjetiva, así como su producción intelectual y cultural, entre otros aspectos. Esta dimensión tampoco permanece ajena al ámbito universitario. Por el contrario, aunque no siempre representa áreas de gran rentabilidad, su importancia radica en la futura revelación de hechos actualmente en proceso de investigación. Dichas investigaciones, mediante sus análisis y comprobaciones, posiblemente generarán respuestas a cuestiones que hasta hoy mantienen la esencia humana envuelta en el misterio. Desde esta perspectiva, y considerando que la universidad se reconoce como un bastión del pensamiento, la reflexión, el estudio y la investigación, no escapa a la influencia de las complejidades derivadas de los procesos de desarrollo y las condiciones socioculturales de las comunidades a lo largo del tiempo.
Entre lo dicho y las realidades que enfrenta la sociedad, se percibe un cambio de la visión de la vida que nos lleva a horizontes impredecibles. En el contexto de la vida cotidiana actual, esto adquiere un significado diferente, transformando la crítica institucional en un pretexto impregnado de hostilidad, algo que contradice la esencia misma de lo que simboliza una universidad. Menospreciar ciertas ramas del conocimiento alegando su aparente irrelevancia demuestra una actitud discutible por parte de quienes sostienen tal postura, especialmente si carecen de argumentos sólidos que respalden dichas opiniones.
El cambio que se observa con frecuencia, aunque no se le ha otorgado la importancia que merece, es la limitada comprensión, hasta ahora conocida, del profundo impacto generado por el relevo generacional que lo acompaña. Tal hecho adquiere una especial relevancia al considerar las transformaciones graduales en las formas de pensar y actuar entre una generación que emerge y aquella que se encuentra en proceso de retirada. Esta nueva realidad, a menudo asimilada de manera inconsciente como una consecuencia natural del progreso, de lo juvenil y lo novedoso, oculta lo que en verdad sucede: la implantación de un estilo de vida que, hasta ahora, ha provocado una fractura entre ambas perspectivas de existencia.
A lo largo de la historia de la humanidad, es difícil encontrar extensos períodos caracterizados por un desarrollo pacífico. Ello no se refiere solo a la ausencia de conflictos bélicos, sino también a la evolución política, sociocultural y económica, en la que todavía persisten comunidades sumidas en la pobreza extrema. Este panorama, sumado a lo señalado hasta ahora, refleja una preocupación seria por un presente marcado por tensiones internacionales que afectan distintas regiones del mundo. Los problemas de política internacional, que ya han deteriorado la frágil armonía hasta ahora conocida, se agravan aún más cuando la educación se debilita. Esta situación afecta, de manera especial, a países cuyos pueblos carecen de sistemas formativos capaces de prepararlos para enfrentar estas lamentables realidades.
En este ámbito, resulta fundamental subrayar que la libertad académica es un pilar esencial que garantiza a docentes, investigadores y estudiantes la posibilidad de ejercer con plena autonomía su derecho a explorar, debatir y expresar sus ideas, sin miedo a represalias ni restricciones externas.
Se trata de un entorno donde la búsqueda del conocimiento y la verdad debe llevarse a cabo sin interferencias que obstaculicen el pensamiento crítico o frenen la capacidad de innovar. Promueve un intercambio abierto y libre de ideas, cuestionando normas que puedan vulnerar la libertad intelectual, pero respaldando el progreso integral de la formación personal, en atención al bien superior de la sociedad.
En este sentido, es importante que el lector entienda que la comunidad universitaria, al ser identificada por las particularidades mencionadas, no debe ser sujeta a ningún tipo de censura que implique desconocer el legítimo derecho de sus académicos a estudiar e investigar realidades que puedan ser cuestionadas por quienes postulan otros puntos de vista. No obstante, esto es válido siempre y cuando dichas investigaciones no ocasionen conflictos personales ni generen situaciones que amenacen la convivencia social más allá del estricto ámbito universitario.
Es necesario, en consecuencia, revitalizar el papel esencial de las universidades como centros del conocimiento y creadoras de ideas que favorezcan el progreso y el bienestar social.
Semejante aspiración surge del acto de estudiar y pensar, demostrando capacidades intelectuales identificadas en los distintos planos del quehacer social y de acuerdo con sus propios tiempos.
Lo anterior conduce a reflexionar que la libertad de pensamiento, como un derecho fundamental inherente a la persona, se manifiesta en la capacidad de concebir y expresar ideas propias sin estar sometido a imposiciones arbitrarias o injustas. Así, se permite a cada individuo decidir de manera autónoma si desea o no adoptar una ideología o creencia que se alinee con sus intereses personales y sus inquietudes existenciales.
Es deseable que, en medio de la intensidad de los tiempos actuales, surjan nuevas épocas que sepan apreciar la riqueza del conocimiento humano en toda su diversidad, promoviendo una convivencia fraternal tanto consigo mismo, como con los demás y con el entorno.
* Profesor de Historia, Geografía y Ciencias Sociales de la Universidad Católica de Valparaíso (UCV-1969); Licenciado en Filosofía y Educación (UCV-1969); DEA y Doctorado en Geografía Aplicada de la Universidad de Alta Bretaña (1979), Rennes-Francia.