INFOCRACIA

Byung-Chul Han, 2022, Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia, Santiago, Taurus / Penguin, 103 páginas

Alejandro Ramírez Figueroa, Académico de la U de Chile

El libro se propone revelar lo que se esconde bajo lo que el autor denomina “régimen de la información”, régimen de influencia tecnológica inexorable, sin contrapesos y de crisis para las democracias y para el ser humano de hoy. Y lo que se esconde allí es un cierto control político-social, que tiene en su base una transformación de orden epistemológico, esto es, de los cambios en la razón discursiva a manos de una supuesta “racionalidad digital” y de una reducción del conocimiento a la información. La naturaleza de la sociedad digital constituye para el filósofo coreano una preocupación constante desde hace ya un tiempo, expresada en varios libros que constituyen a la vez una filosofía de la tecnología, una filosofía política y una filosofía del estado de la cultura.[1] Dicho proyecto se expresa en los 5 breves capítulos del presente texto, que abordan: la idea de Infocracia, esto es el “krátos” de la información tecnologizada, el fin de la verdadera comunicación, qué sea la racionalidad digital versus la racionalidad discursiva y la bancarrota de la verdad. La preeminencia de la base epistémica de esta situación queda ejemplificada en esta frase de Han: “Un solo tuit con una noticia falsa o fragmento de información descontextualizada puede ser más efectiva que un argumento bien formado” (pág. 35).

           La forma en cómo nos engañamos con la tecnología de la información digitalizada proviene justamente de su gran utilidad; si no fuese útil, al punto de no entender hoy cómo sería posible la vida sin ella, no habría engaño propiamente tal. Dice el autor, en el primer capítulo: “En el régimen de la información, el dominio se oculta por completo de la vida cotidiana. Se esconde detrás de lo agradable de los medios sociales, la comodidad de los motores de búsqueda, las voces arrulladoras de los asistentes de voz o la solícita servicialidad de los smarter apps” (pág. 17).

        El dominio oculto, la influencia política escondida, el peligro para la democracia, el poder no a la vista parecen ser los rasgos que posee la digitalización de las relaciones sociales. Por cierto, es ésta una postura no fácil, precisamente debido a ese mismo poder oculto: “Nos creemos libres” afirma (pág. 19), libertad que nos dan los dispositivos comunicativos actuales. No hay, dice el autor, “docilidad” ni “obediencia” en el ciudadano digital de hoy; hay una libertad e independencia, pero controlada por el “régimen de la información”, que el autor denomina “capitalismo informativo”. Y ese es el rasgo político de esta cuestión: la posibilidad de la fácil comunicación, el facilitar la vida, la facilidad de comprar, no son sino algunas de las caras externas de una concepción extrema de una forma de sociedad y de economía que se impone. Ese sería, según Han, el verdadero resorte de lo digital. Su poder consiste en el poder del convencimiento de que tal tecnologización ya es inevitable y que es el summum bonum de nuestra vida. La tecnología informacional es el brazo armado de un capitalismo actual (pág. 11). Afirma: “En el régimen neoliberal de la información, la dominación se presenta como libertad, comunicación y community” (pág.18).

              La infocracia ha comenzado a socavar, sin que nos percatemos (he allí el engaño), el discurso argumentativo. La información no es propiamente racional-argumentativa. He allí las distinciones centrales entre razón e inteligencia, conocimiento e información, verdad e información,  temporalidad extendida de la reflexión y la instantaneidad de la información. Es en la Ilustración, y ya desde la imprenta, que se instaura, expone Han, el discurso racional como tal y como base de las democracias. Y esto porque se configura la opinión pública informada y crítica, con capacidad de análisis. Es la posibilidad misma de criticar, de hablar y contradecir, pero con razones, no con un mero voluntarismo propiciado y respaldado por una mediocracia, en que se despliega una fácil opinión sin fundamentos, sin desarrollos, sin tiempos de meditación, instantánea, sin ordenación regulada de ideas. He allí, dice el autor, el peligro de la “decadencia del juicio” (p.28) que parece amenazar sin que nos demos cuenta. Y no nos daremos cuenta si nos mantenemos dentro de esta mediocracia, una democracia controlada por los medios algorítmicos. Así, información y conocimiento no se avienen. Podemos estar informados sobre X pero eso no significa que conozcamos X. Dice Han: “En el régimen de la información, las personas (…) están constantemente produciendo y consumiendo información. El frenesí comunicativo, que ahora adopta formas adictivas y compulsivas, atrapa a las personas en una nueva inmadurez” (p.32) (Basta, se podría decir, con observar la figura física del ser humano de hoy; sus brazos terminan casi siempre en un smartphone).

             La información posee una naturaleza distinta a los estados cognoscitivos. Allí está el origen de “La crisis de la democracia en el régimen de la información” (p.33). La información es una realidad que casi no necesita temporalidad, es instantánea (como lo barruntaba McLuhan sobre los medios eléctricos). La información se desarrolla en una falta de “estabilidad temporal porque vive del atractivo de la sorpresa” (p.33). Así, lo que hace es fragmentar la percepción en un torbellino en el cual es imposible casi detenerse, tomar distancia, reflexionar:  “Esto deja al sistema cognitivo en estado de inquietud. La necesidad de aceleración inherente a la información reprime las prácticas cognitivas que consumen tiempo, como son el saber, la experiencia y el conocimiento” (p.33). Pero, también, la racionalidad misma requiere una temporalidad más bien extendida. No se argumenta ni se reflexiona instantáneamente; se requiere ir al pasado, considerar alternativas, pensar en lo que puede o no puede ser.  En la sociedad de la información no hay este tiempo. No es bueno “gastar”, “perder” el tiempo, diríamos. La acción racional muchas veces ni siquiera tiene la oportunidad de plantearse. La información acelerada la bloquea. Es relevante la distinción que hace aquí el autor entre racionalidad e inteligencia. La primera requiere una temporalidad extendida, que hoy no parece tenerse. La inteligencia, en cambio, está dirigida a la solución de problemas, que mientras más rápido se lo haga, mejor, pues se aumenta la posibilidad de éxitos a corto plazo. He allí, pues, la inteligencia artificial, que no es más que un émulo de la inteligencia humana pero bajo el prurito de la alta velocidad: “Las convicciones o los principios estables en el tiempo se sacrifican en aras de los efectos de poder a corto plazo” (p.35).  Así, afirma Han, en lo que podría ser un buen resumen de esta filosofía de la socio-tecnología de la información actual, que: “Los argumentos y los razonamientos no tiene cabida en los tuits o en los memes (…). La coherencia lógica que caracteriza el discurso racional es ajena a los medios virales. La información tiene su propia lógica, su propia temporalidad , su propia dignidad, más allá de la verdad y la mentira” (p.42) (El autor no distingue, aquí, con suficiente claridad, lógica de razonamiento).

                    Acudiendo a Habermas, Han presenta los “enunciados racionales”, como algo esencialmente revisables, criticables, perfeccionables, que pueden aprenderse y transmitirse. Es interesante y debatible este punto, que amerita un tratamiento de mayor extensión que el que le dedica el autor. Los algoritmos solo imitan los argumentos humanos, mas no habría allí “razón”, como la entiende Han aquí, sino solo “computación” (p.59). El problema, el engaño, está en que la razón digital es suficientemente veloz como para manejar big data y,merced a eso, hoy las sociedades tendrían a su disposición una herramienta para una vida mejor, y solucionar enfermedades y guerras. Es el ideal, inocente,  del Transhumanismo. Es la propia tecnologización digital la que nos impele a pensar que más tecnologización digital es siempre mejor.

                    Tras todo esto está la crisis del concepto de verdad. La información circula ahora despegada de la realidad, “en un espacio hiperreal” (p.71). La información no circula porque sea verdadera; es independiente de ella. La verdad tiende a mantener la cohesión de la sociedad; la información la dispersa. Borra la distinción entre verdad y falsedad, no es que la verdad se haga pasar por mentira. La información no explica, por sí sola, el mundo: “Recibimos la información con la sospecha de que su contenido podría ser diferente” (p.81). Si la información es aditiva y acumulativa, la verdad es narrativa. La información forma cúmulos; la verdad no, pues no es “frecuente.”(p.82). Estamos hoy bien informados, dice Han, pero desorientados, y en eso nos engañamos. La verdad estabiliza la vida, por eso no es efímera, lo contrario de la fugaz vigencia de la información.  

                   El trasfondo, entonces, de la crítica de Han puede entenderse como una situación de engaño cultural. La presencia sin duda útil y servicial de la tecnología digital nos hace creer, sin alternativas, que estamos en dominio pleno de nuestra vida, de una mejor vida, individual y social, y que esa utilidad es suficiente para una vida social integrada. ¿Es suficiente, pues, esa utilidad, por muy fuerte que sea? La respuesta implicada en el texto es que no. Sin embargo, el problema de la utilidad no es filosóficamente tan fácil de eliminar como factor lícito. Ello abre un campo propio de investigación que es necesario hacer para lograr un fundamento firme a la crítica a la sociedad digital-informativa. Y de eso no se hace cargo el texto.


[1] Véase del autor, sobre esta misma cuestión, “No cosas” 2021 y “En el enjambre”, 2014.

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