La Religión es el Opio del Pueblo

Karl Marx, economista alemán, autor de las teorías del materialismo histórico y del materialismo dialéctico, indicaba, en un artículo publicado en 1844 en el periódico Deutsch-Französischen Jahrbücher her, Die Religion sie ist das Opium des Volkes” “La religión es el opio del pueblo”. Ya había incluido la frase en su publicación “Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel”, publicado el mismo año. Es importante apreciar esta afirmación; que pudiera parecer muy dura para el lector, considerando que un altísimo porcentaje de la población mundial practica, de alguna manera, una religión; en su verdadero contexto, es decir el de un hijo de familia judía que desarrolló teorías económicas que son aplicadas en países que representan, hoy, más de un cuarto de la humanidad.

En el libro citado, Marx indica que “La miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real”. La religión es, según él, “el suspiro de la criatura atormentada, el alma de un mundo desalmado y también el espíritu de situaciones carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo”. (Marx,1844) Renunciar a la religión en tanto dicha ilusoria del pueblo es exigir para éste una dicha verdadera. Exigir la renuncia a las ilusiones correspondientes a su estado presente es exigir la renuncia a una situación que necesita de ilusiones. Por lo tanto, la crítica de la religión es, en germen, la crítica de este valle de lágrimas rodeado de una aureola de religiosidad. (Marx, 1848)

Es importante considerar que el estudio de la sociedad y de la economía fundamentalmente europeas que realiza Marx, en su época, denota un altísimo porcentaje de personas, en cada una de las naciones del mundo, que no tiene acceso a una cantidad suficiente de bienes para poder ejercer su propio derecho a la vida; lo que hasta el día de hoy se mantiene vigente, en muchos países, a pesar de algunos progresos producto, en general, del endeudamiento individual. 

Dicha situación, hoy, no ha cambiado. La industrialización europea de los siglos XIX y XX, a pesar de las tres terribles guerras que enfrentaron a Alemania con el resto del continente, produjo un importante aumento de la calidad de vida, en general, por medio de sueldos mínimos y prestaciones sociales que, sin ser de muy altos niveles, permiten a las personas llevar una vida por encima de los mínimos necesarios, que incluyen la vivienda, la alimentación, la salud y la educación de los hijos. Sin embargo, las enormes diferencias entre seres humanos aparentemente hijos de la misma deidad, continúan siendo injustas y contrarias a las escrituras originales de los credos, que invocan la solidaridad, la clemencia, la caridad, la igualdad y la fraternidad entre las criaturas que pueblan este extraño y controvertido planeta. 

En tiempos en que surgen las primeras creencias que adoran a seres superiores, politeístas en un comienzo, Egipto, Grecia y Roma, entre otros, la situación de los humanos comunes era pavorosa: esclavos, gladiadores, guerreros de cuerpo a cuerpo, constructores, mano a mano, paso a paso, de monumentos aún visitados y admirados, en los que muchos perdieron su vida física y todos su vida, en el noble sentido de la palabra.

Luego, surgieron las religiones monoteístas. Los judíos lo son desde sus orígenes; creyendo férreamente en la exigencia de una sola y única divinidad que, a pesar de tener algunos ángeles a su servicio, no dispone de otros miembros en su potestad sobre el universo ni de familiares que lo ayuden o lo compliquen en una tarea que, sin duda, deja mucho que desear. Es cierto que la sociedad judía de la época y luego de la división que se produce tras la represión de los cristianos, cuarenta años antes que Roma expulse a los judíos de Jerusalén, era más avanzada en la medida en que dicho pueblo, tras haber sido esclavos por varios siglos en Egipto, no volvieron a ser esclavos, a pesar de haber sido expulsados, expoliados y, luego exterminados, ni tuvieron esclavos durante su historia, al menos, hasta el día de hoy.

Los primeros cristianos, judíos de origen, deben fugarse tras la represión organizada por el gobernador romano, en acuerdo con las autoridades del Templo; y exportan el cristianismo a Europa, el que, ya sea católico romano, ortodoxo, protestante o político, poco antes de las caídas de los Imperios Romanos de Occidente y de Oriente, se transforma en religión oficial y única, del continente europeo. Tras haber sido perseguidos, se transformaron en persecutores tras haber conquistado el mercado divino europeo y forjado horrendas cofradías como la Inquisición, hoy Congregación de la Fe, que exterminaron con horribles torturas a miles de individuos.

Casi 1.000 años después se produce una división importante, producto de las llamadas indulgencias que tenían por objeto juntar plata para terminar la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma, junto con las instalaciones del palacio de los Papas, dando nacimiento a las religiones cristianas protestantes, que fueron horriblemente reprimidas y decimadas por la jerarquía católica. Católicos y ortodoxos dominaron el pensamiento, con total hegemonía, de todo el viejo continente, que correspondía a todo el mundo conocido en la medida en que parte de África y de Asia, en general, eran territorios ocupados por los países europeos.  

Algo más de treinta años después del exilio de los judíos cristianos, correspondió a los judíos de Jerusalén ser expulsados y emigrar a Europa, fundamentalmente España, Francia y Alemania, para luego, con la llegada de la Edad Media, instalarse allá, en general con profesiones relacionadas con las finanzas y las joyas, especialmente los diamantes.

Por su parte, los musulmanes, que profesan la fe islámica, también han tenido un claro impacto en la historia política, económica y militar, no sólo en las zonas geográficas en donde se han instalado como religión mayoritaria o única. El islam surgió en lo que hoy se conoce como el Golfo Pérsico, en el siglo VII, con el profeta Mahoma, que inició, además de la religión, una expansión territorial que se prolongó durante su vida y hasta un siglo después de su muerte.

El imperio conquistado por las fuerzas fieles a Mahoma no se mantuvo por mucho tiempo; ya que tras su muerte se produjo una guerra civil que se denominó la “fitna”, seguida, años después por una segunda “fitna”. Se instalaron, entonces, dinastías rivales que reclamaban el califato que correspondía al liderazgo del mundo musulmán, puesto que los estados e imperios islámicos le debían al califa una obediencia que era, en realidad, meramente simbólica.

Una vez fragmentado el islam como una comunidad política, los imperios musulmanes muchos califatos, como los otomanos y los mongoles, llegaron a tener grandes riquezas y gran poder en el mundo. Sin duda, la Edad de Oro del Islam fue el Califato de Córdoba que se impuso en España y llegó hasta Poitiers, en Francia, creando una verdadera potencia en la que cohabitaron las tres religiones monoteístas del orbe.

En ese periodo del califato se desarrolló, en su territorio, importantes avances científicos, y se considera que la coexistencia entre las tres religiones del territorio fue constructiva y prometedora. Sin embargo, tras la invasión del califato por parte de la Reina Isabel de Castilla, al mando de un importante ejército, los musulmanes y judíos fueron expulsados de la península, lo que provocó grandes sufrimientos, junto a pérdida de vidas y de bienes de los expulsados.

En la actualidad, el islam está presente en casi todos los países del mundo, e importantes conflictos con grandes consecuencias han tenido lugar entre sectas, como la guerra que opuso a Irak contra Irán, sin contar numerosas violaciones a los Derechos Humanos, por las obligaciones religiosas que forman parte de la legislación de los países en donde tiene mayor influencia.

Por el espacio que se dispone para esta columna, nos quedaremos en estas religiones, aunque no se puede dejar de mencionar los sacrificios al Pillán que realizaban los Mapuches o los que ejecutaban los mayas, así como todas las privaciones que imponen la casi totalidad de los cultos conocidos del mundo a sus seguidores, en nombre de una ley divina que oprime al humano y favorece sistemas sociales en donde las injusticias son, sin duda, el principal exponente de sus resultados. Todos los grupos mencionados imponen a sus seguidores prácticas y prohibiciones que, en ocasiones, son contrarias al derecho internacional y en especial a la Declaración Universal de Derechos Humanos. Abundan los ejemplos; aunque se puede citar como elemento común a todas ellas la supremacía masculina, con prohibiciones para las mujeres que son ilegales, aunque, considerando el poderío de las religiones, toleradas.

Por otra parte, además de lo invocado, todos los dogmas invocan la igualdad de los humanos frente a la deidad. Sin embargo, dicha igualdad, en ninguno de ellos se ha transformado en una causa que inspire acciones reales y eficaces para lograrla. No es posible construir ningún tipo de sociedad que esté basada en competencia entre los humanos, aunque pueda parecer, a primera vista, simpático y eficiente. No es posible considerar como viable una sociedad en la que más de la mitad de sus miembros carezca de los recursos necesarios para tener una vida digna. Las religiones, el opio del pueblo, han fomentado la desigualdad entre las personas, el combate a muerte por tierras, riquezas o ideologías y, sobre todo desigualdades inaceptables entre los individuos, que ningún dios puede haber querido.

Los servidores de una causa justa, como fueron, tal vez, las religiones en sus orígenes, se transformaron tarde o temprano en factores de injusticias, de desigualdades contrarias a las que inspiran sus principios, y sobre todo en catalizadores de dichas injusticias frente a las cuales han guardado siempre el más absoluto silencio, transformando a sus seguidores en observadores pacientes e inactivos de un mundo en el que cada vez es más difícil ser humano.   

Renunciar a la religión en tanto dicha ilusoria del pueblo es exigir para éste una dicha verdadera. La libertad individual sólo es posible dentro de la libertad de todos los individuos.

Autor Artículo: André Grimblatt

Doctor en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Sorbonne de París. Analista Internacional y Consultor Senior en temas de estrategia y de comunicación corporativa. Participa en el programa informativo Luz Verde de Radio Valparaíso y es analista en la Agencia de Prensa de Marruecos. Analista Scanner Internacional.

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