Por Hernán Alfredo Cortez-Monroy*

Las Universidades como toda institución construida de seres humanos está afectada por su tiempo y por aquellos requerimientos que tienden a centrar sus temáticas actuales y, a la vez, el sentido radical que admiten o pretenden entender como válidas o adecuadas. Por ahora, la ciencia, la ingeniería y la técnica, más que el arte u otras disciplinas, predominan en su aulas y en su laboratorios. Eso es innegable. Por lo menos, toda Universidad que se jacta de ser una universidad moderna y retadora. Desde la Educación a la Arquitectura, de los salones de arte a los estudios de historia, en fin, nada escapa a este vertiginoso centro de gravedad y de moda. Esto es archisabido y, por lo mismo, está atiborrado de artículos académicos de este tipo. Pretender decir algo contrario a lo que hoy se admite es contraproducente. Así, por ejemplo, ¿cómo era posible que Schopenhauer o Nietzsche se atrevieran hablar en contra de Hegel? Pues, en efecto, ¿quién se atrevería hablar en contra de los avances y desarrollos técnicos y científicos? ¿Quién se atrevería siquiera poner en tela de juicio las ingenierías o las ciencias económicas? Hoy eso es impensable.
La comprensión del mundo es distinta a la interpretación que cada cual puede dar de esa misma comprensión. El mundo es un mundo tecnificado. Cómo interpretemos ese mundo es otro asunto. Tal vez, Heidegger advirtió con gran claridad dicho vértigo y vórtice desde que el romanticismo racionalista o la ilustración instalaron predominantemente el sentido del ser técnico. De ahí en adelante, todo fue devorado como un agujero negro en su horizonte de eventos. La Física avanzó en sus nuevas y atrevidas propuestas. La Matemática renovó y replanteó sus axiomas y propuso nuevos paradigmas. Los algoritmos y las paradojas fueron centro de discusión, y los son todavía. En fin. Hacer una lista de lo que ya se conoce pone en una replicación innecesaria lo que todos o casi todos, dentro de las mismas Universidades, conocen, admiten o aceptan sin más posibilidad que aceptarlas y aprenderlas. Aquél que se atreva a desafiar lo ahí entregado y admitido está llamado a ser desvinculado y criticado de forma excesiva. Si alguien, por ejemplo, enseña numerología o alquimia ha de ser rebajado, escarnecido y abandonado. De ahí que Isaac Newton, sea el caso, sólo fue reconocido por sus estudios de física, su alquimia, fue rápidamente ocultada y casi olvidada. Es, por cierto, la ley de la modernidad. Todavía más, la neuropsicobiología, la farmacología, la bioquímica, las neurociencias, el desarrollo de las inteligencias artificiales, entre otros conoceres de gran volumen y dominio, urgen y agravan el sentido de mundo. Física cuántica, informática, genética, entre otros. Y no es que ellas estén equivocadas, sino que no se permite meditar fuera de aquello que gira en torno a lo que el hombre ha de ser o debería ser o, por de pronto, en lo que se las ha cada uno en esa perspectiva y forma de tratar las cosas. Las Universidades son centros de estudios técnicos avanzados. Eso es evidente.
Por ahora, nada se puede hacer. Ni siquiera la literatura escapa a esta forma de pensar el mundo. Desde lo romántico a lo aterrador se vuelve técnica: es la técnica de lo ahí romántico o la técnica del terror. La psiquiatría o la neuropsiquiatría nos permite fantasear dentro de los llamados trastornos o de las condiciones neuropsicológicas. Todo está ya dicho. Desde el siglo XX al siglo XXI, y tal vez hasta el siglo XXII o más, será el hilo conductor de lo que es el contenido y los programas que constituyen las mallas o tejidos académicos dentro de las Universidades. Serán siglos de «nihilismo científico». Así como la religión occidental, especialmente el cristianismo, determinó el mundo teológico por miles de años, y siglo tras siglos, desde sus inicios modestos del siglo II hasta el predominó del siglo X, más en los siglos XIII al XVIII, donde las dos espadas, Reyes y Papados, compitieron y conspiraron con acérrimo despotismo y hasta desproporcionada crueldad para los modernos del siglo XXI.
Hoy la religión no es más que una voluntad general que pretende ser poderosa, pero sólo lo es desde su situación económica y el populismo dogmático. Sus remedos de poder teologal se han vuelto también formas de construcción tecnificante y tecnificadora. No se trata de que lo ahí religioso haya dejado de existir, pues esa afirmación es realmente absurda, se trata de que ya no existe lo que en su tiempo fue y en lo que el espíritu humano abrazó, y del modo cómo lo abrazó. Sólo unos pocos tratan poéticamente de conservarlo y de revivirlo. No obstante, algunas Universidades de orden católico, por ejemplo, con una cierta mirada lejana, y a veces hasta sensiblera y posromántica, siguen en ese camino de reconstrucción poética, más no profundamente originaria y práctica. La ciencia predomina como un aire enrarecido y avasallante. Es la niebla de Stephen King, la niebla de Miguel de Unamuno, la niebla de María Luisa Bombal. Pero no desde lo literariamente abierto y concertado, sino desde la «nadificación del ser».
Si la pregunta interroga por el pensamiento crítico que las y los estudiantes deberían formar o desarrollar dentro de las Universidades, está claro que está lejos de ser una verdad. Pues, en efecto, las reflexiones políticas y sociales se vuelven hacia la proyección científica y las inteligencias artificiales que dan cierta comodidad al estudio y a los desafíos de cada una de las profesiones impartidas. El «nihilismo científico», sin ser algo trágico o bien patético, es, sin duda, patológico. Es la patología del ser desde la nadificación de éste. La ciencia, por ahora, constituye el fundamento de las Universidades. Y muchos, sin pensar en ese ser que nos constituye desde nuestro origen, vuelven su mirada hacia lo fenoménicamente calculable y explotable. De este modo, por ejemplo, Russell, Skinner o Bunge proponían las nuevas fronteras de lo filosóficamente académico, y desde dónde el conocimiento universitario debía ser enseñado y problematizado. Un análisis que no critica sino que realmente condiciona y se vuelve garante de lo ahí tecnificado.
Si alguien pone en paralelo la teoría de Freire versus la de Piaget, no cabe duda de que muchos apostarán por el primero. Sin embargo, bajo las propuestas neurobiológicas, la idea de una psicología del desarrollo de Piaget es la que predomina inconscientemente. El tema de la libertad es menos aplicable que el desarrollo neurolingüístico y lúdico del aprendizaje. Y muchos se vuelven sobre esto último. Por tanto, hablar de un pensamiento crítico es aún una idea poco realista. Se confunde pensar crítico con opinión asertiva sobre lo que hemos de comprender por «realidad». No hay crítica, sino perfeccionamiento. No hay pensar sino modelamiento.
La nihilidad consiste en la pérdida de los valores y sentidos más humanistas posibles por sobre valores subjetivos que no tienen más validación que aquello que se tecnifica y se aplica. Las protestas no están en ganar mentes brillantes o profesionales a la altura, sino en responder a los aprietos económicos que acomodan y permiten mayor tecnificación o especialidad.
De esta manera los estudiantes desean aprender sus oficios, pero no por ello han de pensar en aquello que se ha de pensar. Incluso la Filosofía, como carrera universitaria, pierde su horizonte originario y más trascendental, para convertirse en diagramas, algoritmos y trozos de pensamiento. Y no me refiero a los filósofos en sí mismos, sino al modo cómo se enseña filosofía. Un academicismo reduccionista y licuado. No es pensar; es simplemente conocer.
No se trata, tampoco, de idealizar la Universidad. No se trata de afirmar lo que ella, tal vez, nunca logró del todo, pues sus comienzos están en las gremios y oficios en particular. De esta manera, la medicina o las técnicas se volvieron carreras indispensables. Conocer y controlar la naturaleza humana como también la naturaleza fuera de ella. Hacer Universidad no es lo mismo que pensar en la esencia de la Universidad. Hacer Universidad es dejar ser lo que está ahí ante los ojos y a la mano para ser lo que parece ser. Sólo eso. No se trata de develar el ser de lo vivo, sino controlar, calcular, modificar, explotar, replicar lo vivo. No se trata de sentir el peso del universo, sino de viajar y tomar terreno para ganar y vivir mejor. El imperativo moral es conservarse mejor en la vida y disfrutar de lo mejor de ésta. De esta manera, la física cuántica se ha convertido en la plataforma la computación cuántica o de la ficción moderna en vista de mejorar las experiencias de los usuarios y de los procesos de subjetividad económica más estable y condicionadora. Es una carrera que no tiene límites, pues niega cualquier límite posible. Y de esa manera, los profesionales se vuelven máquinas de conocimiento específico, de perfectibilidad, de rendimiento controlado y de mejoramiento socioemocional, disponiendo, modelando y replicando imaginarios vivaces y mediáticos, pero reduciendo la inteligencia libre y creadora en vista de procesos cognitivas y, al mismo tiempo, fenómenos emocionales condicionados y condicionadores.
No obstante, caer en pesimismos de ideas preconcebidas y arquitecturas ya articuladas de cierta manera, y conforme a la realidad de los seres humanos, es poco alentador. Por lo mismo, el desafío se abre de manera descomunal: las Universidades son, en verdad, espacios para la reflexión y el pensamiento crítico. Pero ser un espacio tal no garantiza que sea un centro de ese mismo pensar. De ahí que algunas Universidades sí logran conquistar esos espacios, pero otras, en cambio, sólo quedan en espacios vacíos, aun teniendo la posibilidad de volverse sobre el pensar crítico. Depende mucho de sus direcciones y de sus académicos. Del poder que un colectivo pueda contener y reprimir algunas rectorías que a veces son contrarias o perecen contrarias al pensar libre y crítico, sino sólo arrogadas en vistas de la utilidad y de los altos proyectos económico-sociales que permiten capitalizar y garantizar sus propios bienes y sus adecuados estándares. Por lo mismo, la Universidad se convierte en medio para fines de otro orden, más que de lo que en principio han de ser: centros no sólo de especialización y profesionalidad, sino de comprensión del mundo y participación ética de su realidad cotidiana. En ese lugar han de aparecer aquellos humanos que han de construir el provenir y facilitar la humanidad de lo humanamente humano. De ahí que siendo la ética o la epistemología, por ejemplo, fundamental en el saber de cualquier carrera, ellas adolecen de existencia o bien de realismo, aun cuando están, en ciertos casos, presentes. Así como la Física se convirtió en Ingeniería Física, la reflexión científica se ha convertido en reflexión técnica.
El ser humano no es un ser complejo, como algunos pretenden afirmarlo, sino un ser que cohabita en un sistema complejo. Eso es otro asunto. La complejidad de ese cohabitar pone al estudiante en una situación, a veces, impensable para sí mismo. Sus presupuestas críticas sociales tienden a lo mediático, más no necesariamente a lo fundamental. He ahí que muchos profesionales pierden el camino del pensar para dirigir sus pasos a la «capitalización» de su quehacer, y desde dónde sus estudios garantizan su acción y seguridad social y laboral. De esta manera, médicos, ingenieros, economistas y educadores cumplen a cabalidad con sus actividades. No cabe duda de que la Universidad ha cumplido con ese rol. Ese no es el problema de fondo, sino de aquella figura que oculta el fondo mismo de lo que ha de ser una Universidad. No se piensa qué es la Universidad en sí misma, sino que se acreditan carreras e instituciones. Acreditaciones que sólo garantizan su función y su capitalización en bienes y trabajos. Así como la sociedad se ha licuado o bien sea gasificado, según algunos filósofos contemporáneos, la misma Universidad ha perdido cierta solidez de ser. Sus posgrados, sea el caso, se vuelven espacios variados de investigación que no garantizan pensamiento crítico sino estudios de perfeccionamiento y especialización.
Por de pronto, no hay que confundir la complejidad del cerebro humano con la simplicidad de las acciones. Si los seres humanos fuésemos más complejos de lo que se suele pensar, a la sazón, los modelos de condicionamiento y adoctrinamiento no tendría la efectividad y la viabilidad que realmente logran y, escandalosamente, dan respuesta a modos de algoritmos predeterminados. No somos máquinas, pero nos comportamos, muchas veces, como si lo fuéramos, y nos tratan como si existiéramos como máquinas de funcionalidad eficiente.
¿Cómo ganar el espacio del pensar crítico dentro de las Universidades? Para responder a la presente pregunta es menester responder a aquello que se pregunta, a saber, qué es el pensar crítico. Según una definición más habitual, el pensamiento crítico es la potencia que tiene cada ser humano de analizar la información objetivamente, evaluando su validez y su relevancia para formar juicios más claros y seguros o tomar decisiones más entendidas, y de esa manera resolver problemas o dificultades e innovar en nuevos procesos u objetivos. Esta definición académica pone el pensar crítico dentro de lo ahí tecnificador. Y, desde esta visión, las Universidades dan espacios para desarrollar, dentro de su mínimo común, dicho pensar.
De esta manera, el pensar crítico no es un pensar sino una herramienta válida para validar o invalidar, verificar o falsear «aquello» que la ciencia y la técnica están desarrollando o en lo que se está trabajando. Una idea bastante cómoda, pero peligrosa. Y su peligro no está en su definición, sino en aquello que la definición oculta. Por lo mismo, desocultar aquello se vuelve peligroso, a su vez, es peligroso. Pues, en efecto, tras la opinión y la validación de ciertos conceptos objetivos de lo científicamente entregado, queda olvidado el ser del hombre y su sentido de ser. La existencia humana se vuelve momento o parte de esa objetividad ahí presente y puesta en el debate. Pero un cosa es el hombre como estructura objetiva, y otra muy distinta la existencia misma de lo ahí humano. Separar o reducir la última idea a lo que es simplemente materialidad objetiva constituye la condición más devastadora de lo que es el ser humano. De igual modo, reducir la existencia humana a procesos psicológicos y, al mismo tiempo, justificante de modelos económicos imperantes y capitalizadores, pone a la misma humanidad en una vulnerabilidad similar a la peste negra. No cabe duda de que la técnica, la ingeniería, sea cual sea, y la medicina proporcionan en esta objetividad mejoras respecto al humano concreto y material, por lo menos de algunos, más que de todos. No porque alguien viva más, significa que su condición humana es mejor. No porque se tolere más la diversidad, significa que su condición de vida será más segura y libre.
El pensar crítico debe volver su mirada a lo que el mismo pensar suele amparar. Es, por tanto, necesario redefinir ese pensar para comprender lo que es el pensar, y no confundirlo con la aserción crítica y objetiva. Así como la epistemología se ha de constituir un pensar crítico, y, sin embargo, se ha convertido en una reflexión y comprensión acerca de lo que es la ciencia y los objetos de aquella. De esta manera, dicho pensar no es un pensar, sino, más bien, una abierta reflexión acerca de sus métodos y validaciones.
La epistemología ha de ser una disciplina que nos abre al pensamiento crítico no sólo del objeto que se piensa en ciencia o en las técnicas, sino volverse sobre lo que ella misma constituye, a saber, la conciencia que se ha de determinar como puente entre lo que hemos de validar y el sentido de existencia que hemos de considerar radicalmente para admitir lo que se ha de aceptar. No basta que una supuesta área de la ciencia «defina al hombre» como si éste fuera una cosa definible, por ejemplo, decir que biológicamente se es varón o mujer bajo ciertos patrones de referencias, dejando de lado todo lo que lo humano constituye en su libertad de ser. El ser humano es un ser en libertad, y su definición más se vuelve jurídica, pedagógica, médica y económica con cierta conveniencia política, pero deja fuera su «esencialidad» más profunda: su sentido de existencia. La humanidad avanza; y lo científicamente entregado ahí sólo muestra el universo observable, pero no el universo en sí mismo. Lo mismo ocurre con la biología y las demás disciplinas de lo objetivamente objetivador.
Por consecuencia, las Universidades tiene el deber ético de dar espacios y ocupar esos espacios para el pensar crítico, aun cuando algunos piensen que su posición moralizadora o moralista ha de ser la que ha de primar por sobre otras. El debate, la discusión, el respeto y la tolerancia han de ser pilares fundamentales para dichos espacios universitarios. Es una tarea de todos, porque la universidad es de todos. Las Universidades no sólo han de ser instituciones consagradas al conocimiento, sino al saber. Y no confundir una con otra, pues en vistas del conocimiento, ellas se autodefinen como saberes. Aquello es más cercano a una falacia ad populum que a una verdad. Es cierto que ciertas tendencias y sellos, perfiles e imágenes han de poner a una Universidad en diferencia con otra, pero aquello no ha de estar en desmedro del pensar crítico, soslayar dicho pensar, enmascararlo o poner en tela de juicio dicho pensar. Si la verdad es lo que es, ¿por qué hemos de temer? El pensar crítico forma al futuro profesional no en lo que ha de conocer y trabajar, sino en lo que ha de ser responsable, y esa responsabilidad será siempre el ser humano.
Doctor en Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Actual académico de la Universidad de Playa Ancha. Autor de libros, artículos y ensayos de Educación y Filosofía. Con experiencia en universidades más de 30 años. Catedrático de Ética, Metafísica, Filosofía de la Historia, Epistemología, entre otros.